dimarts, 8 d’abril del 2008

Incinerando huellas del pasado

Soy como el fuego que desemboca en humo y más tarde en lluvia de cenizas. El aire es hielo, y el estéril corazón, que fue llama de calor, ahora es madera requemada, una caja de roble y hojas muertas, un cofre sin tesoro, un rugido de miedo.
Pecho de hierro blando y pesado, metálico e insonoro, que se ha convertido en el falso muro que aísla el débil latido rojo de un mundo echo de delirios y espejos.
Llegué un día a llenarme de viento, conseguí sentir las cosquillas de un amanecer entre las paredes del laberinto. Escuché un zumbido que se volvió aleteo de un sol de principio, y al mirar con ojos de cristal el primer rayo naciente, sentí que la sangre gritaba el transparente nombre de
un futuro.

Y hoy… el cielo es un horno.