Caminaba mecánicamente, sin prestar atención alguna a sus pies ni a su entorno. Ese día, un omnipotente sol alumbraba las calles llenándolas de un agradable clima. Y sin previo aviso, un fuerte olor envolvió su cuerpo, las flores de la pequeña tienda de la esquina habían empezado a nacer.Sintió volar muy lejos de ahí, sus pesadas piernas abandonaron las monótonas calles, y fluyó el pensamiento. Se vio a si misma brincando por eternos campos de hierba verde. Sus manos eran finas, habían perdido el tacto áspero de la vejez y la arrugada piel se había convertido en seda.
La sonrisa seguía pintada en su rostro, y corría, y corría. El viento jugaba travieso con su pelo, el ambiente estaba cargado de una particular esencia, podía acariciar las flores con sus tiernas manos al pasar, intentando robar ese olor y guardarlo para siempre en sus bolsillos.
Olió la nostalgia, la ahogante nostalgia por esas horas en las que fue salvaje como las amapolas, libre como las negras golondrinas.
Y como un golpe fue su regreso a la estrecha calle, agarrando fuerte su inseparable bastón llevó una de sus manos cerca de la nariz. Con ojos cerrados la olió, así perdiendo toda esperanza de sentir el aroma de sus fugaces días de infancia por última vez.
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